Del jardí bell de València
és Ayelo ermosa flor
que escampa, arreu, les fragàncies
que despedeix lo seu cor
Miguel Ferrándiz . "Himne a Ayelo"


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jueves, 2 de junio de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (y V)





Otra de las luchas importantes que teníamos los médicos y el veterinario de Aielo era combatir las epizootias (enfermedades de transmisión infecciosa en los animales); y a propósito de esto recuerdo una anécdota bastante divertida: hubo varios casos de carbunco en las vacas, así que Leonardo Espeleta y yo le dijimos a Julio Ferri (como su trabajo era herrar a los animales, hacía las veces de ayudante de veterinario) que, con la ayuda necesaria, enterrase a los animales muertos y los cubriese de cal viva (de otra forma las lombrices de tierra sacan de nuevo a la superficie las bacterias que producen el carbunco y vuelve a cerrarse el círculo de la transmisión infecciosa). Al cabo de unos días volví a encontrarme con Julio, y me dice todo satisfecho que ya estaban todos los animales "colgats" por mi imaginación pasó el ver a las pobres vacas colgadas de los algarrobos, hasta que Julio me explicó que eso significaba en valenciano que, en efecto, las había enterrado.

Otras de las luchas que teníamos era la brucelosis o fiebre de malta (enfermedad que se adquiere al consumir la leche o sus derivados procedentes de animales enfermos). Las peleas que manteníamos para que se sacrificaran los animales enfermos y no se consumiera su leche, eran a menudo infructuosas; y así recuerdo una epidemia importante (debió ser hacia el sesenta y tantos) que hizo venir al Dr. Espinós, inspector provincial de la Jefatura de Sanidad.

D. Raimundo en una visita a Casas Ibáñez, su pueblo natal.

Por su parte, los numerosos animales de carga que había: mulos, burros, yeguas, etc..., no solían plantear muchos problemas, salvo cuando algún mulo daba bocados, y entonces se decía que era "mossegós" (recuerdo uno que se distinguió en esto); o cuando algún burro daba las temibles par de coces.

El pueblo, evidentemente, fue haciéndose mayor y mejorando en cuanto a viviendas; primero fue, en los años cincuenta, la construcción de lo que desde entonces se conoce como "les cases barates", y luego en los años sesenta, merced al celo emprendedor de D. Juan Sanchís párroco de Ayelo, la construcción de otro grupo de casas que hoy se conocen como "les cases del retor". En cambio, el asunto de la conducción de aguas al pueblo no mejoró de forma substancial en aquellos años.

En junio de 1963 se jubiló mi compañero José Juan Requena, con lo que me quede como único médico titular, ya que su plaza desapareció entonces (era la política que se llevaba desde la creación del S.O.E.); no así la de médico del S.O.E., la cual seria ocupada por Electo Córdova algunos años después. También por aquellos años instaló su farmacia Enrique Martínez, cerrándose la de Rafael Liñana; se jubiló Leonardo Espeleta, viniendo en su lugar Pedro Agudo, y llegó para ocupar la plaza de A.T.S. Rafael Pérez.

A mediados de los sesenta creo recordar que se inauguró el hospital "La Fe" de Valencia. A partir de entonces las urgencias médicas que se producían en Ayelo las remitíamos a aquel hospital, suponiendo esto un considerable avance respecto a la situación anterior, ya que, hasta entonces, teníamos que afrontar las mismas en el pueblo de la mejor forma posible, y tan sólo en situaciones extremas hacíamos trasladar al enfermo (generalmente en taxi, ya que el servicio de ambulancias era muy deficiente) al Hospital General de Valencia, hospital hoy ya desaparecido (era el que estaba en la calle Guillem de Castro). Asimismo, los partos los atendíamos en el pueblo, de tal forma que a veces pasábamos por situaciones de gran angustia, como eran los casos en que se producían las temibles hemorragias post-partum; en otras ocasiones era las condiciones climatológicas las que hacían dificil la asistencia a un parto, y a este respecto recuerdo ocasiones en las que Dª María y yo nos alumbrábamos con un "cresol" en el domicilio de la parturienta, porque la luz se había ido a consecuencia de una tormenta.

Momento en el cual recibo el título de "hijo adoptivo" de Ayelo por parte del entonces alcalde Juan Antonio Juan Sancho en abril de 1979 (acababa de jubilarme).


En los años setenta, Aielo, como otros muchos pueblos de España, comienza a tener una transformación importantísima: la mecanización de las labores agrícolas, con la progresiva desaparición de los animales que hacían estos trabajos; así pues, se asfaltan las calles para que puedan circular mejor los vehículos a motor, se quitan los abrevaderos, las calles empedradas, etc..., y, en definitiva, el pueblo va adquiriendo un aspecto muy "urbano". Respecto a la sanidad, hay que decir que las condiciones higiénico-sanitarias mejoran extraordinariamente, y a ello contribuyen hechos como la canalización del agua potable a domicilio (definitivamente se deja de acudir con el cántaro a la fuente), y en general el aumento del nivel de vida de la población.

Los años habían pasado, pues, y a mi me llegó también el tiempo de mi jubilación tras treinta y nueve años de ejercicio profesional en Aielo (muchas más anécdotas podría haber contado de lo que me aconteció en tan largo periodo de tiempo, y sobre todo me hubiera gustado mencionar a tantas y tantas personas de las que hoy gozo de su amistad; pero una notas de recuerdos tienen que ser necesariamente breves). Me jubilé, por lo tanto en 1979, y con tal motivo tuve el inmenso honor de recibir el título de hijo adoptivo de Ayelo de Malferit, título que me fue entregado en una cena que organizó el ayuntamiento (presidido entonces por Juan Antonio Juan), y que tuvo lugar en el hotel Pou Clar en abril de ese mismo año.

Una imagen de parte de los comensales que acudieron a la cena-homenaje en el hotel Pou Clar de Ontinyent.Abril de 1979.


Hoy soy ya octogenario y puedo dar fe de que el Ayelo que yo conocí cuando llegué por primera vez hace cincuenta años, se parece poco al Ayelo de hoy día, pues la prosperidad ha sido mucha. Aquellos niños que yo vi nacer, son hoy padres de familia; de tal forma que he visto crecer a varias generaciones de ayelenses: un privilegio de la vejez.

El hecho de que el ayuntamiento actual se haya acordado de que hace medio siglo llegué por primera vez a Ayelo, me llena de una gran emoción, y sólo puedo tener sentimientos de gratitud para éste mi pueblo adoptivo.

Raimundo Goberna Martínez

lunes, 16 de mayo de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (IV)



Situaciones hoy inimaginables, se daban por entonces; así por ejemplo, recuerdo un día que me avisaron para que atendiera a una familia de gitanos ambulantes que pasaba por la "Venta". Cuando llegué pude apreciar que una joven gitana estaba de parto allí en medio del camino; y recuerdo que el "tío León", que era el ventero, y su esposa nos dijeron que pasásemos al interior de la venta, y allí terminó felizmente el parto de la joven gitana con el nacimiento de un niño.

En 1942, dos años despues de llegar a Ayelo, me casé con Matilde Ortiz López, hija del pueblo y pasé a vivir a la calle Mayor.

Otro asunto era el retraso con que cobrábamos nuestros haberes en el Ayuntamiento, y no sólo nosotros, sino que los maestros pasaban meses y meses sin cobrar sus derechos de alquiler de viviendas. Más de una vez, el propio D. Miguel Colomer (que en ese aspecto siempre se portó muy bien conmigo) me adelantó de su bolsillo mi sueldo ante los retrasos con que llegaban los pagos.

En el pueblo también se comentaban de vez en cuando algunas cosas sobre los "maquis". Lo cierto es que, que yo me enterara, nunca llegó a haber ninguna acción de estas guerrillas en los montes cercanos a Ayelo; y tan sólo recuerdo que uno de los guardias civiles que había en el pueblo y que se llamaba Navarro de apellido, me contó que un día, recién terminada la guerra, les avisaron de que por la carretera habían visto gente armada que se dirigía al pueblo; así que salieron a las afueras, y como no vieron a nadie, optaron por permanecer en el cuartelillo con la puertas cerradas y estar a la expectativa (creo recordar que había un cabo y cuatro o cinco guardias).

Aparte de atender mi clínica y las visitas a domicilio, yo iba estudiando por entonces para presentarme en la primera oportunidad a las oposiciones para médicos titulares. Un día que estaba estudiando por la noche en mi habitación del hostal (debía de ser hacia la segunda mitad del año 1941), noté que de repente la lámpara comenzaba a oscilar y que los muebles se movían, rápidamente identifique aquello como un terremoto, fenómeno aquel, del cual la gente mayor del pueblo seguramente se acordará.

Con mi mujer y mis tres hijos mayores en el Ensanche, hacia mediados de los años cincuenta.

Cuando tenía que hacer alguna visita a las casas de campo, generalmente hacía el camino a pie, y en ocasiones en alguno de los pocos vehículos a motor que había en el pueblo, o también en tartana llevada por uno o dos mulos.

El 15 de abril de 1942 me casé en la parroquia de la Santa Cruz en Valencia con una hija del pueblo: Matilde Ortiz López, como toda la gente del pueblo conoce; y desde entonces tuve mi domicilio en la calle Mayor 65.

De la generosidad de la gente de Ayelo no he dicho nada todavía, pero lo cierto era que en ocasiones especiales, tales como la navidad, era tal la cantidad de pollos y conejos vivos que me regalaban, que mi mujer ya no sabía donde ponerlos.

En 1943 se creó el Seguro Obligatorio de Enfermedad, organizado en lo que se llamaban las Cajas Nacionales; y aunque al principio incluía a muy pocos trabajadores, fue el comienzo de algo que iba a cambiar la actuación profesional de los médicos en España. Yo recuerdo que para optar al concurso para formar parte del escalafón de los médicos del S.O.E. tuve que hacer un donativo de 25 pesetas a la delegación provincial de sindicatos F.E.T. y J.O.N.S.

En 1944 (creo que fue ese año) fuí festero en la comisión de fiestas patronales de ese año (junto a Manolo Ferri, Bautista Galiana, y otros hoy ya desaparecidos), pues bien, fue notable la ardua lucha que mantuvimos para que hubiera verbena, pues a ello se oponían tenazmente D. Manuel y D. Francisco Castelló (ambos hermanos y curas párrocos entonces). Al fin se consiguió que cuando finalizara la procesión habría verbena, pero que ésta tan sólo podría durar hasta las once de la noche; muy felices estábamos por haber conseguido esto, pero con lo que no contábamos es con que la procesión saliera con un considerable retraso: a las diez. A este propósito recuerdo también una anécdota bastante divertida: un día receté a alguien (no recuerdo quien era) que tomara unas sulfamidas cada varias horas. Al día siguiente fuí a verle y me dijo que no las había podido tomar porque tenía que comulgar (creo que empezaba el ayuno a las 12 de la noche para poder tomar la comunión en la primera misa de la mañana). Ante esto fuí a hablar con D. Manuel Castelló para plantearle la necesidad que tenía dicho enfermo de tomar la medicina tal y como se le había recetado; allí estuvimos argumentando los dos un buen rato sobre como resolver la situación, hasta que D. Manuel Castelló con resolución me dijo: "Mire, que se lo tome y yo me hago responsable de la falta que pueda cometer".

En 1945 yo ya pertenecía al escalafón de médicos del S.O.E. (los médicos titulares pasaron a ser también médicos del S.O.E.); de tal forma que se me adjudicó la plaza de la localidad de Museros, pero pude permutar la misma con el compañero que le tocaba venir a Ayelo, y de esta forma permanecí aún de forma interina hasta que en diciembre de 1947 obtuve el nombramiento en propiedad de la plaza de Ayelo de Malferit.

Agosto de 1958. En Ayelo por "les Cases Barates".

Por entonces se comercializó la penicilina en España, lo cual fue una ayuda extraordinaria para el médico en su lucha contra las enfermedades infecciosas. Yo recuerdo que fue precisamente a mi hijo José Ricardo (el segundo de mis hijos que entonces tendría unos dos años) al que primero administré la penicilina en el pueblo, ya que padecía en aquellos momentos una neumonía; así, estuve pinchándole una ampollita de penicilina cada tres horas (creo que eran de los laboratorios Antibióticos S.A.), y el resultado fue excelente. Luego llegaría el cloranfenicol y la estreptomicina, con lo cual ya pudimos combatir con eficacia en el pueblo las fiebres tifoideas que nos llevaban de cabeza, ya que eran muy frecuentes debido al mal estado de la conducción del agua potable al pueblo (los enfermos estaban a veces hasta dos y más meses con fiebre, y para las personas mayores de 50 años era una enfermedad generalmente muy grave).

A finales de la década de los cuarenta ocurrió un suceso en las cercanías de Aielo que la gente mayor sin duda recordará, me estoy refiriendo al crimen que se cometió en el puerto de l'Olleria. Recuerdo bien que sucedió durante los días en que se celebra la feria de agosto de Xátiva, y yo estaba en una casa de campo con mi familia. Hasta allí llegó corriendo y alterado el alguacil para decirme que acudiera rápidamente al cuartel de la Guardia Civil pues había habido un accidente en las proximidades del puerto de l'Ollería, y el herido lo habían traído a Aielo y estaba en el cuartel. Al llegar allí había bastante gente, y todo eran rumores de que los "maquis" habían tiroteado a un coche cuando pasaba por el puerto. En efecto, allí en el cuartel había un coche en cuyo interior y en los asientos de atrás había una persona tumbada que ya era cadáver; y entonces, el conductor del vehículo y otro acompañante que iba en el coche, me dijeron que habían sido tiroteados al pasar con el coche cerca de allí. A mi me extrañó sobremanera aquello, ya que hacía mucho tiempo que no se hablaba de los "maquis", y además nunca habían actuado por aquellos montes como ya he mencionado; así que examiné el cadáver y pude comprobar que tenía una herida por arma de fuego, cuya arma había sido disparada sin duda a corta distancia, pues tenía el característico tatuaje que la pólvora hace alrededor de la herida en esos casos (yo había visto heridas de todo tipo en la guerra). El cadáver fue trasladado a continuación al cementerio de Ayelo y depositado en la sala de autopsias, en donde pude confirmarme en mis anteriores apreciaciones.

Así pues, le comunique al oficial que mandaba la Guardia Civil mis sospechas de que la versión que se había dado del suceso no parecía ser cierta y, quedándome muy sorprendido, vi que no daba mayor importancia a lo que le había dicho, dándome a entender, además, que no hacia falta que elaborara ningún informe. Al día siguiente unos coches militares se llevaron el cadáver a Valencia, y sobre aquello nada más se supo. Falta añadir que, al parecer, los dos viajeros que iban en el coche, aparte del conductor, eran hijos de importantes militares o cargos políticos de Valencia, y se comentó que uno de ellos había matado al otro por una cuestión de celos amorosos por una mujer.


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Raimundo Goberna. Opúsculo publicado por el Ayuntamiento de Aielo de Malferit en 1990. Las fotos de las que no se indica procedencia son de Fernando Goberna.

martes, 3 de mayo de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (III)



D. Raimundo, ya jubilado, en su despacho.

Así pues, el día 2 de febrero me decidí a ir a Ayelo para conocer el pueblo. En este primer viaje me acompañó mi hermano Antonio, con el fin de ayudarme en lo que pudiera y responder de mí ante el Ayuntamiento si hubiera sido necesario, ya que tenía el grado de oficial por haber luchado en el bando nacional.

Tomamos en la calle de Bailén el autobús de "la Concepción" que cubría la línea de Valencia a Onteniente, y nos sentamos en los asientos de primera dispuestos a realizar el viaje ( hay que decir que por entonces existía primera y segunda clase en el autobús, siendo los de segunda unos bancos de madera en los cuales los viajeros podían ir sentados en ambos sentidos). Tras más de tres horas de viaje, y una vez pasado el puerto de l'Ollería, nos fuimos acercando a nuestro destino con el deseo de ver el pueblo aparecer tras alguna curva de la carretera; aunque lo cierto era que, por entonces, el pueblo apenas se veía desde sus proximidades por la gran cantidad de algarrobos que había, y tan solo la presencia de alguna casa de campo (como la masía de Buenavista) podían hacer pensar en la cercanía de algún pueblo. Por fin el autobús entró en la población y se detuvo en la plaza del Hostal, que era donde por entonces tenía su parada. Mi hermano y yo bajamos y nos dirigimos directamente al Ayuntamiento.

Allí en el Ayuntamiento, aparte del secretario, estaban los funcionarios de entonces que eran Rafael, y Ricardo "el de teléfonos", esté último mutilado de un brazo como consecuencia de una herida que había tenido en la guerra; ellos nos dijeron que el alcalde no estaba en esos momentos, así que estuvimos esperando un rato hasta que finalmente llegó. Tras saludarle y explicarle el motivo de nuestra visita, tuvimos la satisfacción de ver que D. Miguel Colomer se mostraba en todo conforme en que yo ocupara dicha plaza de médico en el más breve plazo posible de tiempo, así que quedamos en que en dos o tres días regresaría con el correspondiente nombramiento de la Jefatura de Sanidad. Al salir del Ayuntamiento preguntamos al alguacil (que creo recordar era Miguel) sobre algún lugar en el pueblo en el que pudiera alojarme a mi vuelta, y nos acompaño primero a casa de "Lluiset", en donde no había habitaciones disponibles y luego al hostal de "Concha", que sería donde finalmente acordé que me quedaría. Tras realizar estas gestiones, mi hermano y yo regresamos a Valencia.

Plaza S. Engracio o "del Hostal" en los años 50. Llamada así por el Hostal de Concha, donde R. Goberna estuvo hospedado durante sus dos primeros años en Ayelo. Fotografía: Arxiu Fotogràfic Biblioteca Degà Ortiz.

El día 5 de febrero por la tarde volvía, pues, a Ayelo dispuesto a quedarme, ya que traía mi nombramiento como médico interino. En el hostal, Concha me acompañó a la que sería mi habitación durante bastante tiempo: estaba en el primer piso, y tenía la ventana que daba a la plaza. Al día siguiente por la mañana fuí de nuevo al Ayuntamiento con el fin de presentar mi nombramiento; allí, nos sentamos D. Miguel Colomer y yo y comenzamos a charlar, y recuerdo que en un momento de la conversación D. Miguel me preguntó que donde había estado anteriormente y de donde venía, "yo vengo de la cárcel" le respondí, "!cómo!" exclamó al tiempo que se incorporaba de su asiento, "bueno .... bueno..., ha hecho bien en decírmelo, ya que de todas formas me hubiera enterado" terminó diciendo; luego, continuamos hablando sobre las condiciones de la plaza de médico que iba a ocupar, y al despedirnos nos dimos amigablemente la mano. Aquel día, pues, comenzó mi ejercicio profesional como médico de Ayelo del distrito segundo, ya que el pueblo, a efectos de las dos plazas de médico, estaba dividido en dos distritos según el vecindario y las calles, y, del primer distrito se ocupaba D. José Juan Requena.
   
Yo necesitaba un sitio donde instalar mi clínica, así que, según creo recordar, cuando salí del Ayuntamiento pregunté sobre esto al referido alguacil, el cual me dijo que creía que Víctor Reig podría alquilarme una planta baja en la calle de la Iglesia nº22. Fuí a hablar con él, y llegamos al acuerdo de que instalaría mi clínica en la planta baja de aquella casa, mientras en el piso superior continuaría viviendo el canónigo D. José García que así lo hacía cuando estaba en el pueblo. Allí estuvo, por lo tanto, mi clínica durante todos los años en los que ejercí de médico en Ayelo.

Planta baja en la c/ Iglesia,22, donde R. Goberna instaló su clínica.


También hice aquel mismo día una visita a mi compañero en las tareas médicas José Juan Requena, así como a María Requena, que era la comadrona, y a Rafael Liñana, que era el farmaceútico y tenía la farmacia en la misma plaza del Hostal; respecto al veterinario, al que conocí días después, era Leopardo Espeleta, el cual residía en Onteniente. Naturalmente, preguntando me enteré de que la plaza de médico que yo iba a ocupar había pertenecido a D. Vicente Albelda, el cual había sido separado de la misma después de la guerra como represalia por su actuación política; yo me propuse hacerle una visita a Carcagente (adonde se había trasladado con su familia) en la primera oportunidad que tuviera con el fin de presentarle mis respetos, como efectivamente así lo hice poco tiempo después.

Si mi memoria no me engaña, mi primera actividad como médico en Ayelo consistió en realizar, juntamente con mi compañero José Juan Requena, una vacunación a los niños del pueblo (probablemente contra la viruela); y en cuanto a pacientes, creo recordar que una de mis primeras visitas fue la que hice a casa de Dolores "la Marres" que vivía por el "Raval", la cual tenía una niña enferma.

Una vista del interior de la clínica.

También recuerdo una anécdota divertida que me ocurrió durante estos primeros días de mi trabajo de médico en Ayelo: estaba yo en el hostal, cuando en eso llegó Matilde "la Serra" diciendo que su marido Estanislao se había herido con una "destral" yo no tenía ni idea de lo que podía ser aquello con lo que se había herido Estanislao, así que tanto Matilde, como Concha, me lo intentaron explicar, pero yo no acababa de hacerme una idea del instrumento en cuestión, hasta que Concha me dijo que esperara un instante, volviendo al cabo de un momento del corral con un hacha en la mano, y diciendo con firmeza que con aquello había sido.

Ni que decir tiene que en Ayelo, como en el resto de España, existía entonces mucha pobreza y se pasaban muchas privaciones. Entre los dos médicos teníamos alrededor de, nada menos, unas 150 familias de beneficiencia; ya que los jornales en el campo eran pocos, de tal forma que los únicos trabajadores con cierta estabilidad eran los privilegiados que trabajaban en la Clariana (fábrica a la que se acudía entonces generalmente a pie a través de lo que se llamaba "la cadeneta de la séquia" o en bicicleta por la carretera), o en alguna otra fábrica de Onteniente. No existía, por supuesto, ni seguro de enfermedad, ni pensiones, ni nada de esto.

Hacia finales de los años 40. De derecha a izquierda: el juez Requena, Ferrer Camarena, Enrique Requena, yo mismo y un amigo del que no recuerdo el nombre.

Muchas casas del pueblo no tenían por entonces desagües a ninguna red de alcantarillado, y a lo sumo tenían un "pozo ciego" en el corral; tampoco disponían, la mayoría de ellas, de agua corriente, y tenían que ir las mujeres con los cántaros a las fuentes (a este propósito recuerdo muy bien a "Camila", que cobraba un chavo por esperar el turno para llenar el cántaro); asimismo, las instalaciones eléctricas, aparte de los continuos cortes en su suministro por las restricciones, eran muy deficientes y antiguas. A todo esto había que añadir el que en las tiendas no había casi nada, escaseando de esta forma los alimentos básicos, de lo cual se aprovechaban algunos. Por todo ello, pues, había un general sentimiento de temor en la mayoría de la población.

La misma farmacia de Liñana estaba muy desabastecida, hasta que, poco a poco, fuimos pidiendo algunos productos de los que se fabricaban en España por los escasos laboratorios que entonces había (laboratorios Gamir, Robert, Bayer, del Dr. Andreu, y algún otro que no recuerdo); y sobre todo nos íbamos defendiendo con algunos específicos, y las fórmulas magistrales que yo le solicitaba, ya fueran en solución, sellos, o preparados para su aplicación dermatológica.


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Raimundo Goberna. Opúsculo publicado por el Ayuntamiento de Aielo de Malferit en 1990. Las fotos de las que no se indica procedencia son de Fernando Goberna.

miércoles, 20 de abril de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (II)



Una vez había terminado el curso de doctorado, y como habían sido convocadas en ese año de 1936 las oposiciones de médicos titulares de A.P.D., decidí presentarme a ellas; de tal forma que fue precisamente en el mes de julio cuando terminé el último ejercicio de las mismas. El sábado día 12 de ese mismo mes unos falangistas asesinaban al teniente Castillo, y pocas horas después lo era también el diputado de la derecha monárquica Calvo Sotelo (yo me enteré después de que para dicho asesinato había sido utilizado un coche-furgoneta de los que utilizaban los guardias de asalto del cuartel de la plaza de Pontejos; plaza en donde, como ya he dicho, estaba la pensión en la que yo residía). Como la situación en Madrid no presagiaba nada bueno, y además yo ya había terminado los ejercicios de A.P.D., pensé que lo mejor era irme a Casas Ibáñez para pasar allí los días calurosos del verano.


Plaza de Pontejos en Madrid, donde estaba la pensión en la que yo residía el año 1936. Foto: colchonero.com 

Así pues, el mismo viernes día 18 me dirigí a la estación del Mediodía para coger el tren con destino a Albacete, dándose la circunstancia de que había huelga del personal ferroviario, aunque el gobierno había movilizado a los soldados de ferrocarriles para que se ocuparan de sus funciones. En la estación había una gran tensión por todo esto, y al tren con destino a Albacete subimos muy pocos pasajeros. El tren salió de Madrid conducido por soldados como he dicho, y al llegar a la estación de Getafe vimos que las vías estaban ocupadas por un numeroso grupo de huelguistas, y a lo largo de los andenes guardias civiles con los fusiles apuntando; el maquinista del tren redujo la velocidad, y tras unos momentos de incertidumbre, hizo sonar con toda su intensidad el silbido de la maquina sin que está se detuviera, de tal forma que, finalmente, la gente que ocupaba las vías se apartó y el tren pudo continuar su marcha. También al pasar el tren por Villarrobledo pudimos observar una columna de humo que parecía provenir del edificio del Ayuntamiento. El tren apenas se detenía en ninguna estación, por lo que la llegada a Albacete fue antes de lo previsto; de allí tomé el autobús hasta Casas Ibáñez. 

Cuando llegué a mi pueblo, mi familia me confirmó que había habido una sublevación militar en contra del régimen constitucional de la República por parte del ejercito destacado en Marruecos; sobre lo cual recuerdo que les comenté que, en mi opinión, dicha conspiración en contra de la República no iba a salir fácilmente triunfante, y que el gobierno de la República tampoco iba a sofocarla rápidamente como había sucedido con la de Sanjurjo algunos años antes.

En efecto, pasados los primeros días desde la sublevación ya se vio que entrábamos irremediablemente en una cruenta guerra civil. Yo tenía el grado de alférez con el que había terminado el servicio militar, así que tomé la decisión, a pesar del disgusto de mi madre (mi padre había muerto unos meses antes), de incorporarme a alguna unidad militar tras el llamamiento hecho por el gobierno de la República. De esta forma volví en la segunda quincena de septiembre a Madrid para presentarme en el Cuartel General del Ejercito, consiguiendo que me destinaran al Cuerpo de Sanidad Militar que era lo que yo quería. Como tal oficial-médico me incorporé a la columna del coronel Escobar, la cual trataba de fortificar la defensa de Madrid en los accesos a la carretera de Extremadura y la Casa de Campo. La situación de Madrid era ciertamente desesperada ante el avance de las tropas sublevadas que ya prácticamente la tenían sometida a un asedio; no obstante, en aquellos días de octubre y noviembre Madrid resistió con firmeza, siendo yo uno más de los testigos y protagonistas que vivieron aquello. Luego llegaron refuerzos (las Brigadas Internacionales llegaron por entonces), y el frente de Madrid quedó estabilizado.

En Madrid en plena Guerra Civil (año 1937). Con el automóvil de Sanidad
En el año 1937, cuando el gobierno de la República reorganizó el ejército, la unidad a la que yo pertenecía pasó a ser la Brigada 43; y con ella estuve a finales de ese año en el frente de Teruel, en donde, aparte de las tremendas heridas de guerra, tuvimos que hacer frente a las congelaciones provocadas por el intenso frío. Luego estuve, ya como comandante-médico, en el Cuartel General del ya entonces general Escobar en el frente de la zona centro (por Pozo Blanco y su línea de frente). Cuando, finalmente, terminó la guerra en abril de 1939, yo me hallaba por Piedra Buena con los restos de mi unidad (había quedado rota la
línea de frente de Almadén). De allí fuimos a pie hasta Ciudad Real, siendo tomados prisioneros, y a continuación encerrados en la plaza de toros; luego, como yo hice notar mi condición de oficial, fui trasladado al casino de esta ciudad en donde permanecían detenidos los militares de graduación. Pocos días después se nos trasladó en tren a Madrid.

Cuando llegamos a Madrid fuimos conducidos al antiguo convento de San Antón, convertido al efecto en prisión. Allí pasé unos 15 días en las condiciones más horrorosas que cabe imaginar: las celdas estaban tan atestadas de prisioneros que apenas podíamos movernos. A continuación fuí trasladado al antiguo colegio de franciscanos de San Fermín de los Navarros, también convertido en prisión eventual (se llamaba "prisión del Cisne"por estar en la calle de este nombre) para militares de graduación y personalidades políticas de alguna distinción; allí estaba, por ejemplo, D. Julián Besteiro, que había sido presidente de las Cortes durante la República, así como también Manuel Sanchís Guarner, que más tarde sería el conocido escritor y filólogo valenciano. Pronto comenzaron los juicios sumarísimos, con numerosísimas condenas a muerte que se ejecutaban inmediatamente. Un día fui citado por el tribunal para declarar, y poco después me fue comunicado que había sido condenado a seis años de prisión por el delito de no haber secundado la sublevación. Condena que comencé a cumplir en la misma "prisión del Cisne".


Prisión del Cisne en Madrid, donde Raimundo Goberna cumplió condena  durante nueve meses acusado de no haber secundado la rebelión. Foto: Javier Quiñones Pozuelo

A los nueve meses aproximadamente de estar en aquella prisión, hay una conmutación de penas y obtengo la libertad: era la navidad de 1939. En mi pueblo de Casas Ibáñez ya no quedaba nadie de mi familia, la mayor parte de la cual se había trasladado a Valencia a consecuencias de la guerra; por esto, desde Madrid me dirigí directamente a Valencia. Una vez allí mi mayor preocupación fue la de cumplir los requisitos necesarios para poder trabajar como médico en la nueva situación; así, lo primero que hice fue ir al Colegio de Médicos de Valencia para formalizar mi colegiación, enterándome allí de que mis derechos en el escalafón A.P.D. que yo tenía antes de comenzar la guerra, ya no me eran reconocidos, aunque podía optar de forma interina a alguna de las muchas plazas vacantes en los pueblos de la provincia. 

En efecto, fui a la nueva Jefatura de Sanidad, y allí me ofrecieron una lista de pueblos en los que había plaza de médico vacante. Al examinar dicha lista fue cuando me tropecé con el nombre de Ayelo de Malferit, y al instante recordé que encima de la chimenea de mi casa de Casas Ibáñez había habido, desde siempre, una magnífica lámina con una buena reproducción del cuadro "los borrachos" de Velázquez, la cual tenía en un ángulo y en letras pequeñas la leyenda siguiente: "Fábrica de Licores de Aparici, Sanz y Ortiz; Ayelo de Malferit (Valencia)"; así que pregunte por donde estaba aquel pueblo, y me respondieron que pertenecía al área de Onteniente. Yo consideré que aquel podía ser un buen pueblo adonde ir, de tal forma que el 17 de enero de 1940 escribí una carta al ayuntamiento de Ayelo con el fin de interesarme por las condiciones de la plaza de médico que allí estaba vacante. Con fecha del día 18 de ese mismo mes me respondió el alcalde de lo que entonces se llamaba "Ayuntamiento Nacional de Ayelo de Malferit" y que era D. Miguel Colomer. En esta carta, escrita de forma muy cortés me decía, entre otras cosas, que el pueblo tenía casi 3.000 habitantes, que estaba dotado con dos plazas de médico (una de ellas en efecto vacante) de 3.000 pesetas anuales cada una, pero que me podía asegurar que rni sueldo sería mayor en concepto de "igualas" por la costumbre que había de esto en el pueblo, de lo cual él podía dar fe por su experiencia de años atrás; por todo ello me animaba a solicitar dicha plaza.


.../... continuará

Raimundo Goberna. Opúsculo publicado por el Ayuntamiento de Aielo de Malferit en 1990.


lunes, 28 de marzo de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (I)





Un día dos de febrero de ahora hace cincuenta años llegué por primera vez a Ayelo. Era el año 1940, yo tenía treinta años, y venía a ocupar, de forma interina, una plaza de médico titular que estaba vacante. El aspecto que ofrecía el pueblo entonces era el de la miseria y desolación propias de la postguerra.

Pero antes de continuar, he de relatar los hechos anteriores de mi vida, y las circunstancias por las cuales vine de médico a Ayelo.

Nací en Casas Ibáñez (Albacete) en 1909; de allí era mi madre, siendo mi padre un comerciante de origen catalán que se había establecido en dicho pueblo. La familia llegó a ser numerosa, pues fuimos diez hermanos (yo el séptimo), más otro hermano mayor que murió sin yo llegar a conocerle.

Entre los recuerdos que tengo de los primeros años de mi vida, están los de haber viajado en diligencias de caballos en su trayecto desde Casas Ibáñez a Requena, con parada en el pueblo de San Isidro en donde estaba la posta para cambiar el tiro de cuatro caballos que llevaban; luego se tomaba el ferrocarril en Requena para ir a Valencia, pues lo cierto es que la vida de Casas Ibáñez y los pueblos de alrededor se dirigía por entonces casi más a Valencia que a la propia Albacete.

Mis primeros estudios los hice, por lo tanto, en Valencia: en la academia Cavanilles que estaba en la calle del Palau; aunque esto duró poco tiempo, ya que luego los continué en una academia de Albacete que regentaba un maestro llamado D. Macedonio.


En la academia de D. Macedonio en Albacete (hacia 1924). Yo soy el primero por la izquierda en la fila de arriba

Decidido a estudiar la carrera de medicina, hice el preparatorio de ciencias en Murcia, para en el año 1926 trasladarme a Madrid en donde formalicé la matrícula del primer curso en la facultad de medicina de San Carlos.

La facultad de medicina de San Carlos contaba en aquellos años con extraordinarios profesores, y de los de primero y segundo curso (que fueron los que yo estudié en esta facultad), puedo citar al Dr. Negrín en fisiología (luego fue presidente del gobierno de la República durante los años de la guerra), y al Dr. Tello en histología, el cual había sido discípulo de D. Santiago Ramón y Cajal.

En Madrid me hospedaba en una pensión de la calle del Pez, desde donde iba diariamente a la facultad. Por entonces, los estudiantes estaban llevando a cabo un serie de manifestaciones y huelgas en contra de la dictadura de Primo de Rivera, hechos de los que fui testigo. Como consecuencia de todo esto se clausuró la universidad de Madrid por orden gubernativa en el año 1928, y esta es la razón por la cual tan sólo pude estudiar los dos primeros cursos en esta facultad, ya que, por consejo de mi padre, decidí continuar la carrera en Barcelona.


La antigua Facultad de Medicina de San Carlos en las calles Atocha y Santa Isabel de Madrid. En la actualidad alberga el Instituto Nacional de Administraciones Públicas y elColegio Oficial de Médicos. (Foto: Carlos Viñas)

Así pues, en 1929 me trasladé a Barcelona para matricularme en el tercer curso de medicina de aquella universidad. También contaba la facultad de medicina de Barcelona de entonces con un renombrado grupo de profesores; tales como D. Agustín Pedro Pons en patología digestiva, el Dr. Pi y Suñer en fisiología, los hermanos Trias (Joaquín y Antonio) en cirugía, y el Dr. D. José María Baltrina en urología (discípulo suyo fue el Dr. Antonio Puigvert). También hay que decir que, además de ser excelentes profesores, casi todos eran muy catalanistas y daban bastantes clases en catalán, lo cual significaba una dificultad añadida en mis estudios.

El ambiente de Barcelona era por entonces también de gran agitación social. Yo residía en una pensión de la calle Valencia, y recuerdo como, junto con otros estudiantes, iba a comer a una casa de comidas llamada Andreu que estaba en la misma calle Valencia esquina a la de Aribau, cuyo dueño nos trataba de forma familiar, haciéndonos el favor de dejar la persiana de su establecimiento no bajada del todo para que pudiéramos pasar a comer en los días de huelga general tales como el 1º de mayo.

Mi primera tarjeta de colegiado al acabar la
carrera de medicina
Entre 1930 y 1931, mientras estudiaba el cuarto curso de medicina, realicé el servicio militar como soldado de cuota (es decir con la instrucción militar previamente aprendida) en el regimiento de montaña de Montjuich. Estando allí ocurrió, a finales de 1930, la sublevación militar de Jaca en favor de la república; nuestro regimiento estuvo acuartelado y a punto de salir para ayudar a sofocar la rebelión, cosa que no llegó a ocurrir porque la misma duró muy poco (poco después fueron juzgados sumariamente los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández por aquellos hechos, siendo fusilados a continuación convirtiéndose así en unos mártires de la República). El 14 de abril de 1931 se proclamaba la Segunda República Española, y recuerdo como en el patio de armas del regimiento estábamos en formación para el cambio de la bandera monárquica por la republicana, cuando, en un momento determinado de la ceremonia, pude escuchar (yo era sargento entonces) que un teniente le decía por lo bajo a un capitán: "¡para lo que va a durar esto!" todo un augurio de lo que luego pasaría. Hice, pues, el servicio militar siendo soldado de la Monarquía, para terminar siéndolo de la República.

Durante los dos últimos cursos de la carrera fui ayudante interno en el hospital de la Santa Creus y Sant Pau. Allí hacíamos guardias médicas un grupo de estudiantes que estábamos a punto de terminar la carrera, cobrando por esto 40 pesetas al mes, y, además, con la oportunidad de aprender de las enseñanzas de prestigiosos profesionales de la medicina, como era el caso del Dr. Corachán, famoso cirujano que era natural de la localidad valenciana de Chiva, en donde comenzó sus estudios siendo un simple barbero (discípulo suyo fue el Dr. Trueca). Precisamente, un hijo del Dr. Corachán llamado Manuel fue compañero mio por entonces en este hospital (luego moriría en la guerra siendo médico-militar), como también lo fue el Dr. Barceló, conocido reumatólogo. Entre los recuerdos que tengo de mi asistencia a este hospital están los de ver la pobreza de los andaluces y castellanos que llegaban a Barcelona para mejorar sus condiciones de vida, muchos de los cuales, cuando enfermaban, eran atendidos allí.

La carrera de medicina la terminé en 1933, y a continuación me inscribí en el Colegio de Médicos de Valencia, así como también en el de Albacete. Mi primer trabajo como médico fue en Alborea, durante seis meses de forma interina, y esto fue a instancias de mi padre que tenia allí algunas amistades. Luego estuve también varios meses en Millares como médico de los trabajadores de la Hidroeléctrica. Ya en 1935, volví de nuevo a Barcelona para realizar un curso práctico para sanitarios en el Instituto Provincial de Higiene de esta ciudad, por el cual, una vez aprobado, ingresé en el escalafón de A.P.D. (Médicos Titulares de Asistencia Pública Domiciliaria) con fecha de 1 de marzo de 1935.


Hospital de la Santa Creu y Sant Pau en Barcelona. Edificio modernista del arquitecto Lluís Doménech, se acabó de construir en 1929 y actualmente presta servicio como hospital universitario. (Foto: Údiga.Revista Multitemática Virtual)

Sin embargo, mi intención era obtener también el título de doctor, por lo que, en este mismo año de 1935, volví de nuevo a Madrid para realizar allí el curso de doctorado. Este curso lo daban personalidades tan importantes como el Dr. D. Gregorio Marañón (la endocrinología), el Dr. Gustavo Pitaluga (la parasitología tropical), el Dr. García del Real (la historia de la medicina), y el Dr. Peña (la urología).

La tensión política se iba incrementando en Madrid notablemente por aquellas fechas, sobre todo después de las elecciones de febrero de 1936 en las cuales ganó la coalición del Frente Popular. Yo residía en una pensión de la plaza de Pontejos (detrás de Gobernación), en la cual estaba también el cuartel de los guardias de asalto (cuerpo de policía creado por la República); pues bien, era tal la controversia política que existía entonces, que llegamos a decidir en la pensión no hablar nada de la situación del país para evitar las continuas discusiones. De entonces recuerdo, por ejemplo, el haber visto en la calle Fuencarral como venía un grupo de violentos falangistas, y al cruzarse con ellos dos jóvenes que probablemente les dijeron alguna cosa, la emprendieron con ellos a golpes hasta darles una paliza; o también otro día (creo recordar que fue en aquellos días de febrero en los que se conoció el resultado de las elecciones), salíamos mi amigo Ángel Nogales y yo del hospital de la Cruz Roja que estaba en la calle de Cuatro Caminos, cuando vimos en la plaza del mismo nombre una gran humareda que provenía de un convento de monjas de clausura al que unos incontrolados habían prendido fuego. Asimismo, recuerdo haber visto desfilar en aquellos días por el paseo de la Castellana a las Juventudes Socialistas Unificadas.

.../... continuará

Raimundo Goberna. Opúsculo publicado por el Ayuntamiento de Aielo de Malferit en 1990.