El 4 de julio de 1926 nacía en Aielo de Malferit María Barber Ferri, segunda hija de Bautista Barber y Josefina Ferri. Llegó al mundo en el seno de una familia profundamente cristiana, donde la fe era el eje sobre el que giraba la vida cotidiana.
Fueron seis hermanos. La mayor, Josefineta, falleció trágicamente con tan solo siete años. Después nació María. Le siguieron Juan, Carmencita, que murió de pulmonía con apenas seis meses de vida, Isabel, fallecida a los tres meses por causas desconocidas, y, finalmente, Josefina. Aquellas pérdidas marcaron a la familia, acostumbrada a afrontar el dolor con fortaleza, esperanza y una fe inquebrantable.
Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, María tenía únicamente diez años. Aquellos días dejaron una huella imborrable en su memoria. La iglesia de Aielo de Malferit fue incendiada y, movidos por el cariño y el respeto que sentían por sus símbolos religiosos, María y su hermano Juan rescataron en secreto la imagen del Niño Jesús que cada Navidad presidía el belén. La escondieron para protegerla de la destrucción. Años después, ya siendo adulta, María confeccionó con sus propias manos un traje nuevo para aquella misma imagen, como si quisiera devolverle la dignidad que un día la guerra intentó arrebatarle.
Con tan solo dieciséis años tomó la decisión que definiría toda su existencia. Ingresó como novicia en la Congregación de las Obreras de la Cruz, entregando su vida por completo al servicio de Dios y de los demás.
Sus primeros destinos fueron diversas comunidades donde el trabajo y la sencillez formaban parte de la vocación. En Beniarrés vivió durante varios años junto a sus compañeras, sustentándose gracias a la confección artesanal de trajes de Moros y Cristianos destinados a las fiestas de Alcoi. Más tarde continuó su camino por Casinos, La Font de la Figuera y Aigües Vives, llevando siempre consigo el espíritu de servicio que la ha caracterizado durante toda su vida.
Su vocación también la condujo lejos de España. Fue destinada a Italia, a una residencia de las Obreras de la Cruz situada cerca del lago de Como, donde permaneció durante dieciocho años. Allí aprendió a hablar italiano con absoluta fluidez, obtuvo el carné de conducir y desarrolló una vida plenamente integrada en la comunidad.
A pesar de la distancia, nunca olvidó sus raíces. Cada verano regresaba a Aielo de Malferit para reencontrarse con sus padres, sus hermanos y sus sobrinos. En el viaje de regreso acostumbraba a hacer una parada en Suiza, donde compraba las tradicionales chocolatinas envueltas con paisajes suizos. Al llegar al pueblo, en la calle de la Iglesia, donde vivía su familia, repartía aquellas chocolatinas entre los vecinos, un gesto sencillo que muchos aún recuerdan con cariño y que convirtió en una entrañable tradición.
A lo largo de su vida desempeñó numerosas responsabilidades dentro de la congregación. Fue secretaria en el Seminario de Valencia y dedicó veinticinco años a la catequesis en la parroquia de Santa María de Ontinyent, formando a generaciones de niños y jóvenes en la fe con la misma entrega con la que había abrazado su propia vocación.
Hoy María puede contemplar una familia que ha seguido creciendo. Tiene siete sobrinos: por parte de su hermano Juan, María Vicenta, Juan Salvador, Fernando y Alberto; y por parte de su hermana Josefina, Mari Fina, Rosa y Pascual, quienes han sido testigos de una vida ejemplar marcada por la generosidad, la humildad y el cariño.
Quienes la conocen coinciden en definirla como una mujer adelantada a su tiempo. Inteligente, valiente, culta y moderna, supo desenvolverse con naturalidad en una época en la que muchas mujeres apenas podían decidir sobre su propio destino. Viajó, aprendió idiomas, condujo, asumió responsabilidades y dedicó toda su existencia al servicio de los demás sin perder nunca la sencillez que siempre la ha acompañado.
Actualmente, ya retirada, reside en la residencia de las Obreras de la Cruz de Moncada. Allí, rodeada del cariño de su congregación y de su familia, celebra un acontecimiento extraordinario: sus cien años de vida.
Un siglo entero que no solo se mide en el paso del tiempo, sino en las innumerables vidas que ha tocado con su ejemplo. Cien años de fe, de trabajo silencioso, de sacrificio, de recuerdos y de amor. La historia de María Barber Ferri es la historia de una mujer que entendió que la grandeza no siempre hace ruido; a veces se encuentra en las manos que cosen un pequeño traje para un Niño Jesús, en una chocolatina compartida con un vecino o en una vida entregada, día tras día, al servicio de los demás.
La seua familia


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