En la VIII Asamblea de Cronistas Oficiales del Reino de Valencia, celebrada en octubre de 1970, el cronista de Puebla de Farnals aportó una ponencia sobre Folklore Valenciano, que fue secundada por interesantes comunicaciones de los cronistas de Moncada, Salem, Ayora, Picasent, entre otros. En estas comunicaciones se exponían las costumbres típicas de estas localidades, tales como fiestas mayores, gastronomía, romerías, juegos y danzas populares, cuyo estilo y técnica tan parecidas son en los diferentes pueblos de nuestro Reino, donde aún hoy se practican.
Hoy vamos a dedicar estas líneas a esas danzas populares, que constituyen una interesante manifestación folklórica valenciana. Importante, entre otras razones, porque en todos los tiempos y en todos los lugares la humanidad ha danzado siempre. Desde el bailarín primitivo, que en el corazón de su selva se mueve al compás de cualquier tam-tam; desde las danzas bíblicas, pasando por las juglarescas medievales, las ceremoniosas dieciochescas, hasta las trepidantes de hoy, una incontable variedad de ritmos, gestos, contorsiones, ceremonias, etc., que a modo de danza se practican confirman lo dicho.
Nuestro pueblo ha bailado siempre; el valenciano, como artista que es, creó ritmos maravillosos, danzas bellísimas que afortunadamente se conservan en muchos pueblos de la región, destacando las que tienen lugar en las fiestas mayores de Morella, Jijona, Alcudia de Carlet, Forcall, Vinaroz, Játiva, etc. Todas ellas, como creadas por el pueblo, son manifestaciones folklóricas de alto valor artístico e histórico, apreciado y admirado, no sólo por los especialistas, sino también por cualquier observador de buen gusto.
De su alta calidad puede dar idea la siguiente anécdota: En 1965, con motivo de la Feria Mundial de Nueva York, visité aquella ciudad. En el recinto de la gran Feria había, ¡cómo no!, el pabellón que España había montado como recinto de exposición y donde, además de los consabidos productos, del restaurante típico, la marisquería, la boutique de artesanía y del salón de proyecciones y conferencias, había un recinto dedicado a la exhibición de danzas españolas. Junto a las sevillanas, la jota aragonesa, la muñeira, etc., tuve el gusto y la emoción de presenciar la ejecución impecable de las danzas de Alcudia de Carlet. Una serie de chicos y chicas de este pueblo —entre los que saludé algún ex alumno mío— habían sido invitados por el Gobierno español para que bailaran en el pabellón de España y en la Feria Mundial de Nueva York; prueba del alto valor artístico-folklórico de sus actuaciones. Ni qué decir que fueron calurosamente aplaudidos.
Nosotros, los ayelenses, también hemos sido creadores de nuestras «danzas al estilo de país», como rezaban invariablemente los mono-programas (uno por cada año), que allá por los años veintitantos ejecutaba un artista local que muchos recordamos —Luis Requena Juan— y que se fijaba, invariablemente, en los muros de una de las casas «dels quatre cantons», especie, entonces, de mentidero de la villa (confluencia entre las actuales calles Primo de Rivera y José Antonio).
Las danzas se celebraban en Ayelo, durante tres días y a continuación de las dos fiestas mayores (Santísimo Cristo y San Engracio), o sea, los días 8, 9 y 10 de agosto, y servían como de transición entre el jolgorio ruidoso de las dos fechas indicadas y la reanudación de los días de trabajo normal. Formaban parte obligada del programa oficial de festejos y en ellas intervenía también el Ayuntamiento, aunque era todo el pueblo, unos como actores, otros como espectadores, el verdadero protagonista. Nunca se pudo calificar con más propiedad a nuestras danzas como fiesta popular.
Por las mañanas de estos tres días, a eso de las once, una comisión del Ayuntamiento, precedida de «tabalet i dolçaina», mecorría las calles del pueblo, deteniéndose en los domicilios de las señoras y señoritas que se sabía que eran excelentes «ballaoras» y a las que se invitaba a tomar parte activa en el festejo. Eran las que daban empaque a la fiesta, y al ser invitada para «cap de dansa» constituía una distinción que siempre recaía en una señora o señorita de cierta edad y veterana en estas lides... Cierto que todo el pueblo podía bailar, colocándose en orden inferior de salida, a las parejas invitadas, llamémosles oficiales; es decir, a la cola de las demás parejas danzantes.
Cuando llegaba la noche el pueblo entero se había congregado en la Plaza del Palacio, bien iluminada y regada, formando un gran círculo alargado, con sus sillas que habían colocado por la tarde, a veces hasta por la mañana.
Y comenzaba el festejo. El ritmo lo iniciaba el «tabalet», con un repique intermitente, monótono y pausado, a cuyo son iniciaba el baile la primera pareja o cap de dansa, a la que seguían sucesivamente todas las demás, que bailando habían de formar la «cadena; algo así como el enlace de unas parejas con otras, de forma que se cambiaba de ballaor y de ballaora, y se volvían a recuperar a la siguiente evolución. Cada tres o cuatro minutos la «dolçaina» lanzaba la música del fandango. Era el momento en que las parejas, con ganas de lucirse, interrumpían el ritmo rectilíneo de la danza, lanzándose a una coreografía más o menos personal, de pasos cortos y rápidos, como pequeños «corridos». Cuando terminaba el fandango el público prorrumpía en aplausos, si había sido bueno, o en pitos, gritos y risas, si no lo había sido, pues nunca faltaron bailadores de buen humor que se divertían y divertían a sus paisanos con sus ocurrentes pasos de danza.
Todo aquello resultaba, además de artístico, divertido, entrañable y cordial. Pero todo es ya historia. Otros modos y modas de ocupar el ocio se han sucedido aquí y en todas partes. Pero es sensible que las nuevas generaciones de ayelenses me ignoren que su pueblo fue el creador de una fiesta digna de figurar entre las más artísticas de la coreografía popular valenciana.
Valencia, junio de 1976. Mª ANGELES BELDA





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