Del jardí bell de València
és Ayelo ermosa flor
que escampa, arreu, les fragàncies
que despedeix lo seu cor
Miguel Ferrándiz . "Himne a Ayelo"

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sábado, 26 de junio de 2010

Cuarenta años después

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1942-1982
Cuarenta años después
por José Ferrer Camarena*
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Ahora Ayelo de Malferit parece otra villa, muy distinta de aquella que conocimos en agosto de 1942. Han transcurrido ocho lustros, cuarenta agostos, y parece increíble la transformación urbana y también humana experimentada.

Había salido el pueblo español de una guerra civil, que supondría un trauma y sus consecuencias llegarían hasta los confines más reconditos del solar patrio. Ayelo de Malferit no podía ser una excepción y se acusaba todavía más dada la pobreza de su término, montañoso y calizo, apto sólo para los cereales, la vid y el olivo. No había alcantarillado, las calles no estaban pavimentadas y el agua potable entraba a gota en aquellos hogares privilegiados que poseían una acción de una sociedad privada.

"Ahora Ayelo de Malferit parece otra villa, muy distinta de aquella que conocimos en agosto de 1942". Vista del pueblo nevado desde la actual Avda. Stmo. Cristo en la década de 1960.

La primera impresión en aquel agosto, vísperas de las fiestas patronales, no pudo ser más penosa. Colas ante las fuentes para llenar un cántaro y un botijo de agua, resignación en las gentes sencillas ante la falta de servicios tan elementales para la salud de una comunidad. Ciertas diferencias sociales, manifiesta, entre los que aparentemente no carecían de nada y los que prácticamente carecían de todo, salvo el coraje de unos brazos que hincaban la azada o el pico sobre la tierra reseca por tantos meses sin llover. Después se vería, andando el tiempo, que muchos de esos brazos por cuenta ajena se independizaron de la tierra para prestarlos con menos esfuerzo y más rendimiento salarial a las fábricas que nacían en los pueblos aledaños. El fenómeno social imperceptible entonces acabaría unos lustros después con la imagen primitiva de la villa, pues sus habitantes mejoraron sus viviendas, se hizo el alcantarillado, luego se asfaltaron las calles y el agua entró en las casas, barata y abundante.

Se abrieron nuevas barriadas y el casco antiguo hasta tuvo otra estampa con la mejora de las fachadas y arreglo de los interiores. Los llamados "ricos" lo fueron menos, porque el aceite y los cereales, los cultivos del término, ya los había en abundancia en el país y dejaron de ser tan rentables como antes. La industria, una vez más, se llevaba los brazos, al igual que ya había ocurrido antes en otras naciones de la Europa Occidental.

En la vida, las situaciones son siempre cambiantes y aquel que por pereza o torpeza no las contempla y evoluciona, se queda atrás, víctima de su propia inoperancia. Quien tiene fe, quien arriesga, crea y se expansiona. En Ayelo, la misma agricultura, con firmas, pocas, dedicadas a vivero de vides americanas abrió caminos a unas posibilidades de trabajo. Lo que estaba en unas pocas cabezas, pioneras del negocio, contemplan atónitos cómo les nace una competencia irresistible, quizás sin preparación y sin tener una idea y una ética comercial, pero se lanzan a la aventura y muchos de ellos tienen éxito. Ha nacido una "élite" de comerciantes de "barbados", antaño braceros de la tierra y que ahora compran la estaquilla a sus antiguos amos. Con suerte varia, unas campañas óptimas y otras menos, van consolidando su posición y centenares de millones de pesetas llegan de Castilla, Andalucía y Extremadura a las sucursales bancarias de Ayelo. Ya saben rellenar un cheque, conocen lo que es una letra de cambio y hasta intuyen leer un balance. Esta nueva y a su vez antigua agricultura llega a ser la primera de España en su especialidad y logrará un equilibrio con los ingresos laborales de los jornales fabriles.


" Colas ante las fuentes para llenar un cántaro y un botijo de agua, resignación en las gentes sencillas ante la falta de servicios tan elementales para la salud de una comunidad". En la foto, cántaros alineados en la Font de l'Eixample esperando turno para llenarse (década de 1950). Hasta que en los años 60 llegó el agua corriente a las casas, esta era una imagen frecuente en Ayelo de Malferit.

A seguido, o al mismo tiempo, en el propio Ayelo, se inicia un tímido despliegue industrial. Al llegar aquí es preciso reconocer la visión de futuro que tuvo Vicente Sanz, creador de la "Vidriera Ayelense", en donde puso esfuerzo y dedicación; al cerrar la fábrica, víctima de operaciones complejas foráneas, el prestigio de este ayelense se contempla cada vez más nítido. La tarea de los hermanos Barber Colomer, Rafael, recorriendo Europa y América, abriendo mercado para la artesanía española; con él, su hermano José María, como una figura arrancada de las páginas del Quijote y un eficaz equipo de colaboradores. Carlos Martínez D'Agóstino, en su brillante carrera de fabricante textil, sin temor a sus vecinos de Onteniente y Albaida. Los hermanos Sanz, en la que está el ya citado Vicente, en su industria de plástico. Otros, en el mimbre y Juan Sanchís en mantas. Y quizás haya otros, que desconocemos.

El Ayelo de hoy no se parece en nada a aquel de hace cuarenta años que visitamos por primera vez, porque ha pasado de la pobreza a la prosperidad; del jornal misérrimo en la agricultura al bien retribuido en la fábrica y en el campo, gracias a la estaquilla y el barbado; de no tener horizonte para sus hijos a una esperanza lograda y cierta; de una generación caduca y caciquil a una sociedad libre en la que todos los vecinos son ya ciudadanos y no súbditos; de unas fiestas de cánticos y cirios a otras esplendorosas en que el fervor religioso se mantiene vivo y es compatible con la alegría en las comparsas de Moros y Cristianos.

Alguien ha dicho, que la Fe no necesita de preguntas y la Razón no tiene respuestas. Que cada cual busque su fe y su razón. Para mí, a la vuelta de cuarenta años, me quedo con el Ayelo de hoy y con la nostalgia de su ayer.

José Ferrer Camarena. Desde el bar Bigot, 12 de junio de 1982. Artículo publicado en el Libro de Fiestas de 1982.

*José Ferrer Camarena (1920-1987) fue periodista y editor. En la década de los cincuenta, Ferrer Camarena trabajó como redactor especialista en cuestiones agrarias y económicas del diario Levante y del diario Información de Alicante. En 1962 creó la empresa Sucro, editora del semanario Valencia Fruits, una publicación dirigida al mundo agrario y exportador.

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