Del jardí bell de València
és Ayelo ermosa flor
que escampa, arreu, les fragàncies
que despedeix lo seu cor
Miguel Ferrándiz . "Himne a Ayelo"

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miércoles, 20 de abril de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (II)



Una vez había terminado el curso de doctorado, y como habían sido convocadas en ese año de 1936 las oposiciones de médicos titulares de A.P.D., decidí presentarme a ellas; de tal forma que fue precisamente en el mes de julio cuando terminé el último ejercicio de las mismas. El sábado día 12 de ese mismo mes unos falangistas asesinaban al teniente Castillo, y pocas horas después lo era también el diputado de la derecha monárquica Calvo Sotelo (yo me enteré después de que para dicho asesinato había sido utilizado un coche-furgoneta de los que utilizaban los guardias de asalto del cuartel de la plaza de Pontejos; plaza en donde, como ya he dicho, estaba la pensión en la que yo residía). Como la situación en Madrid no presagiaba nada bueno, y además yo ya había terminado los ejercicios de A.P.D., pensé que lo mejor era irme a Casas Ibáñez para pasar allí los días calurosos del verano.


Plaza de Pontejos en Madrid, donde estaba la pensión en la que yo residía el año 1936. Foto: colchonero.com 

Así pues, el mismo viernes día 18 me dirigí a la estación del Mediodía para coger el tren con destino a Albacete, dándose la circunstancia de que había huelga del personal ferroviario, aunque el gobierno había movilizado a los soldados de ferrocarriles para que se ocuparan de sus funciones. En la estación había una gran tensión por todo esto, y al tren con destino a Albacete subimos muy pocos pasajeros. El tren salió de Madrid conducido por soldados como he dicho, y al llegar a la estación de Getafe vimos que las vías estaban ocupadas por un numeroso grupo de huelguistas, y a lo largo de los andenes guardias civiles con los fusiles apuntando; el maquinista del tren redujo la velocidad, y tras unos momentos de incertidumbre, hizo sonar con toda su intensidad el silbido de la maquina sin que está se detuviera, de tal forma que, finalmente, la gente que ocupaba las vías se apartó y el tren pudo continuar su marcha. También al pasar el tren por Villarrobledo pudimos observar una columna de humo que parecía provenir del edificio del Ayuntamiento. El tren apenas se detenía en ninguna estación, por lo que la llegada a Albacete fue antes de lo previsto; de allí tomé el autobús hasta Casas Ibáñez. 

Cuando llegué a mi pueblo, mi familia me confirmó que había habido una sublevación militar en contra del régimen constitucional de la República por parte del ejercito destacado en Marruecos; sobre lo cual recuerdo que les comenté que, en mi opinión, dicha conspiración en contra de la República no iba a salir fácilmente triunfante, y que el gobierno de la República tampoco iba a sofocarla rápidamente como había sucedido con la de Sanjurjo algunos años antes.

En efecto, pasados los primeros días desde la sublevación ya se vio que entrábamos irremediablemente en una cruenta guerra civil. Yo tenía el grado de alférez con el que había terminado el servicio militar, así que tomé la decisión, a pesar del disgusto de mi madre (mi padre había muerto unos meses antes), de incorporarme a alguna unidad militar tras el llamamiento hecho por el gobierno de la República. De esta forma volví en la segunda quincena de septiembre a Madrid para presentarme en el Cuartel General del Ejercito, consiguiendo que me destinaran al Cuerpo de Sanidad Militar que era lo que yo quería. Como tal oficial-médico me incorporé a la columna del coronel Escobar, la cual trataba de fortificar la defensa de Madrid en los accesos a la carretera de Extremadura y la Casa de Campo. La situación de Madrid era ciertamente desesperada ante el avance de las tropas sublevadas que ya prácticamente la tenían sometida a un asedio; no obstante, en aquellos días de octubre y noviembre Madrid resistió con firmeza, siendo yo uno más de los testigos y protagonistas que vivieron aquello. Luego llegaron refuerzos (las Brigadas Internacionales llegaron por entonces), y el frente de Madrid quedó estabilizado.

En Madrid en plena Guerra Civil (año 1937). Con el automóvil de Sanidad
En el año 1937, cuando el gobierno de la República reorganizó el ejército, la unidad a la que yo pertenecía pasó a ser la Brigada 43; y con ella estuve a finales de ese año en el frente de Teruel, en donde, aparte de las tremendas heridas de guerra, tuvimos que hacer frente a las congelaciones provocadas por el intenso frío. Luego estuve, ya como comandante-médico, en el Cuartel General del ya entonces general Escobar en el frente de la zona centro (por Pozo Blanco y su línea de frente). Cuando, finalmente, terminó la guerra en abril de 1939, yo me hallaba por Piedra Buena con los restos de mi unidad (había quedado rota la
línea de frente de Almadén). De allí fuimos a pie hasta Ciudad Real, siendo tomados prisioneros, y a continuación encerrados en la plaza de toros; luego, como yo hice notar mi condición de oficial, fui trasladado al casino de esta ciudad en donde permanecían detenidos los militares de graduación. Pocos días después se nos trasladó en tren a Madrid.

Cuando llegamos a Madrid fuimos conducidos al antiguo convento de San Antón, convertido al efecto en prisión. Allí pasé unos 15 días en las condiciones más horrorosas que cabe imaginar: las celdas estaban tan atestadas de prisioneros que apenas podíamos movernos. A continuación fuí trasladado al antiguo colegio de franciscanos de San Fermín de los Navarros, también convertido en prisión eventual (se llamaba "prisión del Cisne"por estar en la calle de este nombre) para militares de graduación y personalidades políticas de alguna distinción; allí estaba, por ejemplo, D. Julián Besteiro, que había sido presidente de las Cortes durante la República, así como también Manuel Sanchís Guarner, que más tarde sería el conocido escritor y filólogo valenciano. Pronto comenzaron los juicios sumarísimos, con numerosísimas condenas a muerte que se ejecutaban inmediatamente. Un día fui citado por el tribunal para declarar, y poco después me fue comunicado que había sido condenado a seis años de prisión por el delito de no haber secundado la sublevación. Condena que comencé a cumplir en la misma "prisión del Cisne".


Prisión del Cisne en Madrid, donde Raimundo Goberna cumplió condena  durante nueve meses acusado de no haber secundado la rebelión. Foto: Javier Quiñones Pozuelo

A los nueve meses aproximadamente de estar en aquella prisión, hay una conmutación de penas y obtengo la libertad: era la navidad de 1939. En mi pueblo de Casas Ibáñez ya no quedaba nadie de mi familia, la mayor parte de la cual se había trasladado a Valencia a consecuencias de la guerra; por esto, desde Madrid me dirigí directamente a Valencia. Una vez allí mi mayor preocupación fue la de cumplir los requisitos necesarios para poder trabajar como médico en la nueva situación; así, lo primero que hice fue ir al Colegio de Médicos de Valencia para formalizar mi colegiación, enterándome allí de que mis derechos en el escalafón A.P.D. que yo tenía antes de comenzar la guerra, ya no me eran reconocidos, aunque podía optar de forma interina a alguna de las muchas plazas vacantes en los pueblos de la provincia. 

En efecto, fui a la nueva Jefatura de Sanidad, y allí me ofrecieron una lista de pueblos en los que había plaza de médico vacante. Al examinar dicha lista fue cuando me tropecé con el nombre de Ayelo de Malferit, y al instante recordé que encima de la chimenea de mi casa de Casas Ibáñez había habido, desde siempre, una magnífica lámina con una buena reproducción del cuadro "los borrachos" de Velázquez, la cual tenía en un ángulo y en letras pequeñas la leyenda siguiente: "Fábrica de Licores de Aparici, Sanz y Ortiz; Ayelo de Malferit (Valencia)"; así que pregunte por donde estaba aquel pueblo, y me respondieron que pertenecía al área de Onteniente. Yo consideré que aquel podía ser un buen pueblo adonde ir, de tal forma que el 17 de enero de 1940 escribí una carta al ayuntamiento de Ayelo con el fin de interesarme por las condiciones de la plaza de médico que allí estaba vacante. Con fecha del día 18 de ese mismo mes me respondió el alcalde de lo que entonces se llamaba "Ayuntamiento Nacional de Ayelo de Malferit" y que era D. Miguel Colomer. En esta carta, escrita de forma muy cortés me decía, entre otras cosas, que el pueblo tenía casi 3.000 habitantes, que estaba dotado con dos plazas de médico (una de ellas en efecto vacante) de 3.000 pesetas anuales cada una, pero que me podía asegurar que rni sueldo sería mayor en concepto de "igualas" por la costumbre que había de esto en el pueblo, de lo cual él podía dar fe por su experiencia de años atrás; por todo ello me animaba a solicitar dicha plaza.


.../... continuará

Raimundo Goberna. Opúsculo publicado por el Ayuntamiento de Aielo de Malferit en 1990.


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