Del jardí bell de València
és Ayelo ermosa flor
que escampa, arreu, les fragàncies
que despedeix lo seu cor
Miguel Ferrándiz . "Himne a Ayelo"

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martes, 3 de mayo de 2011

Recuerdos de un médico de Ayelo de Malferit (III)



D. Raimundo, ya jubilado, en su despacho.

Así pues, el día 2 de febrero me decidí a ir a Ayelo para conocer el pueblo. En este primer viaje me acompañó mi hermano Antonio, con el fin de ayudarme en lo que pudiera y responder de mí ante el Ayuntamiento si hubiera sido necesario, ya que tenía el grado de oficial por haber luchado en el bando nacional.

Tomamos en la calle de Bailén el autobús de "la Concepción" que cubría la línea de Valencia a Onteniente, y nos sentamos en los asientos de primera dispuestos a realizar el viaje ( hay que decir que por entonces existía primera y segunda clase en el autobús, siendo los de segunda unos bancos de madera en los cuales los viajeros podían ir sentados en ambos sentidos). Tras más de tres horas de viaje, y una vez pasado el puerto de l'Ollería, nos fuimos acercando a nuestro destino con el deseo de ver el pueblo aparecer tras alguna curva de la carretera; aunque lo cierto era que, por entonces, el pueblo apenas se veía desde sus proximidades por la gran cantidad de algarrobos que había, y tan solo la presencia de alguna casa de campo (como la masía de Buenavista) podían hacer pensar en la cercanía de algún pueblo. Por fin el autobús entró en la población y se detuvo en la plaza del Hostal, que era donde por entonces tenía su parada. Mi hermano y yo bajamos y nos dirigimos directamente al Ayuntamiento.

Allí en el Ayuntamiento, aparte del secretario, estaban los funcionarios de entonces que eran Rafael, y Ricardo "el de teléfonos", esté último mutilado de un brazo como consecuencia de una herida que había tenido en la guerra; ellos nos dijeron que el alcalde no estaba en esos momentos, así que estuvimos esperando un rato hasta que finalmente llegó. Tras saludarle y explicarle el motivo de nuestra visita, tuvimos la satisfacción de ver que D. Miguel Colomer se mostraba en todo conforme en que yo ocupara dicha plaza de médico en el más breve plazo posible de tiempo, así que quedamos en que en dos o tres días regresaría con el correspondiente nombramiento de la Jefatura de Sanidad. Al salir del Ayuntamiento preguntamos al alguacil (que creo recordar era Miguel) sobre algún lugar en el pueblo en el que pudiera alojarme a mi vuelta, y nos acompaño primero a casa de "Lluiset", en donde no había habitaciones disponibles y luego al hostal de "Concha", que sería donde finalmente acordé que me quedaría. Tras realizar estas gestiones, mi hermano y yo regresamos a Valencia.

Plaza S. Engracio o "del Hostal" en los años 50. Llamada así por el Hostal de Concha, donde R. Goberna estuvo hospedado durante sus dos primeros años en Ayelo. Fotografía: Arxiu Fotogràfic Biblioteca Degà Ortiz.

El día 5 de febrero por la tarde volvía, pues, a Ayelo dispuesto a quedarme, ya que traía mi nombramiento como médico interino. En el hostal, Concha me acompañó a la que sería mi habitación durante bastante tiempo: estaba en el primer piso, y tenía la ventana que daba a la plaza. Al día siguiente por la mañana fuí de nuevo al Ayuntamiento con el fin de presentar mi nombramiento; allí, nos sentamos D. Miguel Colomer y yo y comenzamos a charlar, y recuerdo que en un momento de la conversación D. Miguel me preguntó que donde había estado anteriormente y de donde venía, "yo vengo de la cárcel" le respondí, "!cómo!" exclamó al tiempo que se incorporaba de su asiento, "bueno .... bueno..., ha hecho bien en decírmelo, ya que de todas formas me hubiera enterado" terminó diciendo; luego, continuamos hablando sobre las condiciones de la plaza de médico que iba a ocupar, y al despedirnos nos dimos amigablemente la mano. Aquel día, pues, comenzó mi ejercicio profesional como médico de Ayelo del distrito segundo, ya que el pueblo, a efectos de las dos plazas de médico, estaba dividido en dos distritos según el vecindario y las calles, y, del primer distrito se ocupaba D. José Juan Requena.
   
Yo necesitaba un sitio donde instalar mi clínica, así que, según creo recordar, cuando salí del Ayuntamiento pregunté sobre esto al referido alguacil, el cual me dijo que creía que Víctor Reig podría alquilarme una planta baja en la calle de la Iglesia nº22. Fuí a hablar con él, y llegamos al acuerdo de que instalaría mi clínica en la planta baja de aquella casa, mientras en el piso superior continuaría viviendo el canónigo D. José García que así lo hacía cuando estaba en el pueblo. Allí estuvo, por lo tanto, mi clínica durante todos los años en los que ejercí de médico en Ayelo.

Planta baja en la c/ Iglesia,22, donde R. Goberna instaló su clínica.


También hice aquel mismo día una visita a mi compañero en las tareas médicas José Juan Requena, así como a María Requena, que era la comadrona, y a Rafael Liñana, que era el farmaceútico y tenía la farmacia en la misma plaza del Hostal; respecto al veterinario, al que conocí días después, era Leopardo Espeleta, el cual residía en Onteniente. Naturalmente, preguntando me enteré de que la plaza de médico que yo iba a ocupar había pertenecido a D. Vicente Albelda, el cual había sido separado de la misma después de la guerra como represalia por su actuación política; yo me propuse hacerle una visita a Carcagente (adonde se había trasladado con su familia) en la primera oportunidad que tuviera con el fin de presentarle mis respetos, como efectivamente así lo hice poco tiempo después.

Si mi memoria no me engaña, mi primera actividad como médico en Ayelo consistió en realizar, juntamente con mi compañero José Juan Requena, una vacunación a los niños del pueblo (probablemente contra la viruela); y en cuanto a pacientes, creo recordar que una de mis primeras visitas fue la que hice a casa de Dolores "la Marres" que vivía por el "Raval", la cual tenía una niña enferma.

Una vista del interior de la clínica.

También recuerdo una anécdota divertida que me ocurrió durante estos primeros días de mi trabajo de médico en Ayelo: estaba yo en el hostal, cuando en eso llegó Matilde "la Serra" diciendo que su marido Estanislao se había herido con una "destral" yo no tenía ni idea de lo que podía ser aquello con lo que se había herido Estanislao, así que tanto Matilde, como Concha, me lo intentaron explicar, pero yo no acababa de hacerme una idea del instrumento en cuestión, hasta que Concha me dijo que esperara un instante, volviendo al cabo de un momento del corral con un hacha en la mano, y diciendo con firmeza que con aquello había sido.

Ni que decir tiene que en Ayelo, como en el resto de España, existía entonces mucha pobreza y se pasaban muchas privaciones. Entre los dos médicos teníamos alrededor de, nada menos, unas 150 familias de beneficiencia; ya que los jornales en el campo eran pocos, de tal forma que los únicos trabajadores con cierta estabilidad eran los privilegiados que trabajaban en la Clariana (fábrica a la que se acudía entonces generalmente a pie a través de lo que se llamaba "la cadeneta de la séquia" o en bicicleta por la carretera), o en alguna otra fábrica de Onteniente. No existía, por supuesto, ni seguro de enfermedad, ni pensiones, ni nada de esto.

Hacia finales de los años 40. De derecha a izquierda: el juez Requena, Ferrer Camarena, Enrique Requena, yo mismo y un amigo del que no recuerdo el nombre.

Muchas casas del pueblo no tenían por entonces desagües a ninguna red de alcantarillado, y a lo sumo tenían un "pozo ciego" en el corral; tampoco disponían, la mayoría de ellas, de agua corriente, y tenían que ir las mujeres con los cántaros a las fuentes (a este propósito recuerdo muy bien a "Camila", que cobraba un chavo por esperar el turno para llenar el cántaro); asimismo, las instalaciones eléctricas, aparte de los continuos cortes en su suministro por las restricciones, eran muy deficientes y antiguas. A todo esto había que añadir el que en las tiendas no había casi nada, escaseando de esta forma los alimentos básicos, de lo cual se aprovechaban algunos. Por todo ello, pues, había un general sentimiento de temor en la mayoría de la población.

La misma farmacia de Liñana estaba muy desabastecida, hasta que, poco a poco, fuimos pidiendo algunos productos de los que se fabricaban en España por los escasos laboratorios que entonces había (laboratorios Gamir, Robert, Bayer, del Dr. Andreu, y algún otro que no recuerdo); y sobre todo nos íbamos defendiendo con algunos específicos, y las fórmulas magistrales que yo le solicitaba, ya fueran en solución, sellos, o preparados para su aplicación dermatológica.


.../... continuará

Raimundo Goberna. Opúsculo publicado por el Ayuntamiento de Aielo de Malferit en 1990. Las fotos de las que no se indica procedencia son de Fernando Goberna.

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